Él tenía el aire que tienen los buenos colegas: un buen hombro en el que llorar y una buena regañina si es que se tercia porque te has puesto pesadita. Atractivo, aunque no calificable como un bellezón televisivo, parecía esonder mil pasiones en su trastienda, múltiples, conteporáneas, repartidas. Alguien completamente fuera del alcance de una chica-pera, como yo. Pero lo fantaseé. Me permití el lujo de soñarlo. Lo deseé al menos una docena de veces hasta que me lo prohibí por completo. Una noche, juré que sólo seríamos amigos... nada más que amigos. Y hasta aquí todo bien. La vida es así y esas cosas. Pero ahí no acaba todo. El problema verdadero surge cuando la vida te da lo que esperas... y tú no estás preparada para recibirlo; ésta es la temática de este cuentito.